Las barbaries sobre Reina Maraz

Migrante en una tierra hostil, Reina Maraz atravesó diferentes situaciones de violencia doméstica y sexual. Ofrecida como moneda de cambio por su marido, terminó encarcelada por la muerte de él. Abandonada a su suerte, parió en la cárcel y hoy espera un juicio en prisión domiciliaria.

reinaPor Belén Spinetta

COMUNICAR IGUALDAD- En noviembre de 2011, una inspección en la Unidad Penitenciaria Nº 33 de Los Hornos llevada adelante por equipo de monitoreo de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) se entrevistó con una joven boliviana que estaba detenida en el lugar. Se trataba de Reina Maraz Bejarano, quien por entonces tenía alrededor de 22 años. Apenas entendía el idioma castellano, no lo hablaba y estaba presa desde hace un año sin comprender el proceso judicial que la llevó hasta ese lugar luego de que se la acusara de matar a su marido.

La joven había parido en la cárcel, sola y alejada de sus otros dos hijos. “La historia de  Reina Bejarano tiene que ver varios episodios que van complejizándose a medida que uno va queriendo comprender la trama de la vida. En esa trama se intersectan muchas discriminaciones que son las de ser mujer, boliviana, ser indígena, pobre, quechua hablante, analfabeta”, comenta Karina Bidaseca, doctora en Ciencias Sociales e investigadora del CONICET.

Luego de que la CPM buscara una intérprete, pudieron ir conociendo el derrotero de la joven. Había llegado a Buenos Aires amenazada por su esposo, Limber Santos. Él había venido unos meses antes a trabajar y le aseguró que si no lo acompañaba de regreso a Buenos Aires, le quitaría a sus hijos. No era la primera vez que era arrancada de su lugar. Cuando se casó, en 2009 fue sacada de la comunidad kichwua en la que habitaba, una comunidad rural, pobre, pero con una marca comunitaria bastante consolidada.

“Desde que se casó fue sufriendo distintas violencias por parte de Limber y de su familia. Tanto en Sucre, como luego en Buenos Aires. Uno puede hablar de lo que significó el abandono de su esposo al mes que nace su segundo hijo con graves problemas de salud y él decide abandonar a la familia y migrar a Buenos Aires a la casa de una tía a trabajar”, relata Bidaseca.

En el 2009, estando alejada de su esposo y viviendo con una abuela de él fue víctima del maltrato de la familia de él. La abuela inventó que tenía una relación con un primo, Limber volvió y la sometió a una serie de violencias para “comprobar” que no le había sido infiel“La somete a las violencias del saber médico en una  clínica privada de Potosí, donde a través de la revisación médica por tacto, en los órganos y extracción de sangre, comprueban que Reina, en ese período de abandono del marido, no había tenido relaciones sexuales con el primo ni con otro hombre ,ni se encontraba embarazada”. Por ese entonces tenía 19 años.

Migración forzadareina2

Obligada a migrar a Buenos Aires, Reina relató a las profesionales de la Comisión por la Memoria el desgarramiento que le produjo esa situación. Era una mujer de un pueblo originario (kicwua), pobre, migrante y que no hablaba la lengua. Dependía de su esposo para entender y comprender los códigos culturales de otro paísLas barreras idiomáticas, tampoco le permitieron defenderse cuando se la acusó de matar a su marido. Recién en la cárcel, empezó a comprender el castellano, aunque no a expresarse con ese idioma.

En Buenos Aires hubo un hecho detonante. “En un momento en que él estaba borracho, la agarró a golpes, la golpeó muy fuertemente, casi hasta intentar matarla, abrió  las llaves de gas y amenazó con prender fuego toda la casa y que iban a morir todos”, prosigue Bidaseca.  Se fue de la casa, una tía de Limber la protegió, pero paralelamente su cuñada le arrebató la documentación suya y de sus hijos para que no pudiera regresar a Bolivia. Tiempo después, el marido le pidió perdón, y con promesas de cambio logró que regrese con él. Lo que vino después fue lo peor.

Se mudaron a un horno de ladrillos en Florencio Varela, con condiciones muy precarias de vida. Apenas tenía para comer y eran explotados en los hornos trabajando de sol a sol. Entablaron una relación con una familia de migrantes bolivianos, sobre todo se dio una fuerte relación entre los varones. “Ella cuenta que Limber se endeuda por juegos, los sábados se iba de la casa y volvía al otro día muy borracho (…) contrae  una deuda con dinero con el amigo y la forma de pagar esa deuda, mientras estaban en el horno fue con el cuerpo de Reina”. Fue violada dos veces, por el amigo que se llamaba Tito. La primera vez le contó a su marido, quien se enojó y se alejó del hombre, la segunda vez fue luego de que éste y Tito se trenzaran en una discusión a golpes afuera de la precaria vivienda que habitaban. Fue la última vez que vio a Limber.

Con el habla arrebatada

Luego de que transcurrieran varios días sin que apareciera su marido, Reina se contactó con el suegro y ambos fueron a hacer la denuncia policial. A los dos días fueron a buscarla a su casa, a decirle que ella había cometido el asesinato de su marido, quien apareció muerto en un horno e ladrillo: “Ella no entendía lo que estaba pasando…asiente con la cabeza cuando le dicen que tiene que ir a ofrecer su testimonio porque es acusada por el suegro, que dijo el hijo de seis años vio como mataban al padre”. El asentimiento, que es un gesto cultural, queda asentado como la confesión de Reina.

Cuando llegó a la cárcel estaba embarazada, no se sabe si producto de la violación o del vínculo con Limber; allí parió a su hija alejada de sus otros hijos quienes habían sido llevados de regreso a Bolivia. En la cárcel le arrebataron el habla, hasta que llegó la inspección de la Comisión por la Memoria y algunas cosas empezaron a cambiar.

Karina Bidaseca fue convocada como especialista para indagar en los aspectos vinculados a las distintas violencias sufridas por la joven. Se contrató una intérprete y la historia de Reina empezó a emerger como una bofetada. A partir del trabajo de Bidaseca y de la CPM, en septiembre del año pasado se presentó un amicus curae.  “En ese momento una de las cosas que pasaba es que la justicia era muy hostil… Incluso la interpretación fue cuestionada por parte del juez. La nena nace en el penal, pero por más que es un penal para madres se dice que no son buenas las condiciones para que este ahí”. A fines del año pasado se logró que le otorguen la prisión domiciliaria.

“Lo que hay que remarcar son todas las violencias que se depositan sobre ella. No sólo las violaciones que transita ya en Buenos Aires, sino anteriormente en Sucre, el desarraigo que se produce cuando tiene que migrar forzadamente”, explica Bidaseca. “Reina está atravesada por  lo que nosotras llamamos las interseccionalidades que tienen que ver  con comprender las dimensiones subjetivas de su propia vida: ser mujer, ser indígena en otro país, ser migrante, ser pobre, ser quechua hablante. Todo  eso la va amurallando, bloqueando en su subjetividad hasta que ya  no puede hablar. Hay que decir que nunca en las instancias de audiencias pudo hablar. La pregunta es desde qué lugar escucharla, si Reina no puede hablar”.

A la espera del juicio

Reina fue trasladada a la Unidad 33 de Los Hornos en noviembre de 2010, acusada provisoriamente de homicidio agravado por el concurso de dos o más personas, homicidio criminis causa. Actualmente se encuentra a disposición del Tribunal en lo Criminal N°1 del Departamento Judicial de Quilmes y su causa está caratulada “Maraz Bejarano Reina, Tarija Juan Carlos y Vilca Ortiz Tito s/Delitos: Homicidio Agravado ‘criminis causa’, Homicidio agravado por el concurso premeditado de dos o más personas”.  Se la acusa de haber asesinado a su marido junto con el vecino que la había violado dos veces. Tito Vilca murió en la Unidad 23 de Florencia Varela el año pasado.

Ahora la Comisión Por la Memoria busca que el juicio de Reina, sea un juicio justo.  Realizó presentaciones ante la Suprema Corte Bonaerense solicitando la designación de intérpretes de lengua quechua, ya que no existen intérpretes de lenguas originarias. En la Asesoría Pericial sólo hay traductores de inglés y de francés.

Actualmente Reina está con la pulsera y la tobillera de seguridad cumpliendo prisión domiciliaria en la casa de una hermana.  Espera un juicio que iba a ser el 24 de marzo, pero se postergó tres meses. Espera que después de años de ser invisibilizada, al final la justicia escuche su voz.

Nota central:

Mujeres indígenas: voces que aún no son escuchadas